El alba había teñido los cielos de Brumavelo con tonos dorados y fríos, pero para Nyrea, no había luz. Solo vacío.
Estaba en su habitación, aún vestida con la túnica de la noche anterior, los cabellos sueltos cayéndole sobre los hombros como sombras pesadas. El aire en la cabaña era espeso. Silencioso. Demasiado silencioso.
Llevaba horas —quizás más— sentada frente a la ventana, los ojos fijos en la distancia, como si pudiera atravesar las montañas con la mirada. Pero no eran sus ojos lo que