El estallido fue brutal.
El choque entre la espada ígnea de Darién y el hacha maldita de Brelkha lanzó una onda expansiva que barrió el campo como una ola de fuego. Guerreros de ambos bandos cayeron al suelo, aturdidos, desorientados, con los oídos zumbando y la tierra temblando bajo sus cuerpos.
Darién, jadeando, perdió de vista al enemigo.
Se incorporó apenas, el sudor y la ceniza pegados a su piel desnuda, los pulmones ardiendo. Un rugido entre los escombros le hizo girarse, instintiva