La luna colgaba alta sobre Vyrden, teñida de cobre como un presagio de guerra. Desde la torre vigía, se divisaban luces parpadeantes en el horizonte: antorchas… muchas. Y movimiento.
Darién frunció el ceño mientras descendía con pasos duros. Encontró a Kaelrik frente al mapa extendido sobre la mesa central del cuartel.
—¿Así que seguimos aquí? —preguntó sin rodeos—. ¿Vamos a quedarnos como presas esperando al cazador?
Kaelrik no levantó la mirada.
—A veces el cazador muerde el anzuelo c