La brisa nocturna acariciaba los techos de Vyrden con una calma engañosa. Kaelrik acababa de quedarse solo, aún resonando en su mente las palabras de Sareth. No había dormido. No podía.
Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Mi Alfa, malas noticias. —Era Eryos, su teniente—. Uno de nuestros puestos de vigilancia en la aldea de Urdan ha sido atacado.
Kaelrik se incorporó de inmediato.
—¿Cuántos?
—Pocos sobrevivientes. Pero los rastros… no son de una banda común. Son disci