La luna ascendía lenta sobre los riscos de Brumavelo, vestida con su luz plateada, como si supiera que esa noche no era como las demás. El viento era suave, pero traía consigo un presagio. Nyrea lo sintió, como se siente la presión de una tormenta antes de que rompa.
Estaban en la galería trasera de la cabaña, donde los vientos no azotaban con fuerza. Él la abrazaba por detrás, con el rostro hundido en su cuello, como si pudiera memorizar su aroma, su calor, su existencia.
Ella no dijo nada a