El silencio tras la tormenta siempre era el más pesado.
La sangre aún le corría por la ceja abierta, el labio hinchado, y uno de sus ojos comenzaba a cerrarse. Pero no hizo un solo gesto de dolor. Su orgullo estaba más herido que su cuerpo.
Valzrum lo observaba en silencio mientras preparaba un paño limpio y lo sumergía en un cuenco de agua con hierbas. El hedor metálico se mezclaba con el humo de las velas y las cenizas de la madera quemada por el escudo mágico que Aeryn había invocado.
—¿