El despertar fue lento… tibio. Como si en lugar de su cama, Aeryn estuviera envuelta en nubes cálidas. Su cuerpo, tan agotado por días, por semanas de presión, ya no dolía. Se sentía... sostenida. Segura.
Un aroma familiar —masculino, terroso y ardiente— la envolvía como una segunda piel. El roce de una palma áspera descansaba sobre su cintura, y algo —un cuerpo— la mantenía acurrucada, como si fuera lo más frágil y valioso del mundo.
Aeryn sonrió, todavía adormilada. Se sintió en casa.
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