El sol apenas se alzaba cuando Darién detuvo su caballo en la linde de Brumavelo. EL terreno estaba húmedo del rocio del amanecer en el pasto, y su respiración salía entrecortada. No por el frío, sino por la ansiedad.
Había cabalgado sin descanso los últimos dos días del trayecto. Su ropa estaba manchada de barro, su cabello revuelto, y las ojeras bajo sus ojos revelaban que no había dormido. Aun así, lo que más ardía era su pecho… su vínculo. Latía con urgencia. Con dolor. Como aquel día mal