La niebla se espesaba al borde de las Tierras Oscuras. El aire olía a ceniza, humedad y abandono. Joldar desmontó de su caballo y alzó la vista hacia el horizonte, donde se levantaban los bosques marchitos y los riscos rotos de una tierra sin ley. A su lado, Sareth —su guardia más joven y leal— hacía lo mismo, con los ojos muy abiertos, pero sin mostrar miedo.
—Nadie domina aquí, mi señor —dijo el muchacho con voz baja—. No hay jerarquía, ni clanes… solo sombras.
—Exacto —respondió Joldar, con