El amanecer arropaba la fortaleza de Lobrenhart con un gris helado, como si el cielo supiera que algo estaba mal. Nerysa observaba desde el balcón alto del Santuario de la Luna, envuelta en un manto espeso que no lograba calentar el frío que sentía en el pecho. Sus dedos temblaban, no de frío, sino de incertidumbre. Hacía días que Darien evitaba cruzar palabra con ella. No había permitido que nadie viera a Aeryn, ni siquiera a ella. Y eso decía mucho más que cualquier declaración formal.
Aldrik