El silencio era más pesado que las paredes de piedra.
Aeryn había dejado de contar los días. O las lunas. O las veces que se había despertado empapada en sudor, con el corazón desbocado y el pecho ardiendo de rabia. La Torre Sombría era cómoda —si se podía llamar así a una prisión con sábanas limpias, comida caliente y una vista privilegiada de toda la fortaleza—, pero seguía siendo una jaula.
Una jaula con barrotes invisibles y un nombre bordado en cada uno: Consejo. Tradición. Miedo.
Nadie