El amanecer cayó sobre ruinas humeantes.
Brumavelo ya no existía. No como aldea. No como hogar.
Las murallas eran escombros. Las casas, un paisaje de madera carbonizada y piedra suelta. Lo poco que no fue quemado, fue desgarrado por garras o derribado por la bestia maldita que Aldrik soltó antes de marcharse.
Pero bajo tierra…
La vida aún ardía.
Uno a uno, los sobrevivientes emergieron de los túneles, cubiertos de polvo, con los ojos hinchados por el humo y el alma desgarrada por la pé