La tienda era cálida, iluminada apenas por la tenue luz de una piedra de luna suspendida sobre sus cabezas. Darién estaba recostado sobre un costado, acariciando la espalda de Nyrea con lentitud, besando la curva de su cuello, recorriéndola como si el tacto pudiera curar toda herida invisible. Ella respondía a sus caricias con suaves suspiros, sus piernas enredadas, sus labios encontrándose con deseo.
Era su momento. El único que les pertenecía a solas.
Pero justo cuando la pasión comenzaba a