Capítulo 28.

El pitido de la máquina era como un martilleo incesante dentro de mi cráneo. Intenté enfocar la vista pero las paredes blancas de la sala de aislamiento subían y bajaban como si estuviera en un barco en medio de una tormenta. El olor a antiséptico era tan fuerte que me quemaba las fosas nasales.

— Despacio, Freya. No intentes moverte rápido — dijo una voz grave a mi lado.

Logré girar la cabeza con un esfuerzo supremo y vi a un doctor mayor de expresión severa pero preocupada, sentado junto a mi
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