Capítulo 29.
El sol de la mañana entraba por la pequeña ventana reforzada de mi habitación, dibujando líneas de polvo dorado que bailaban en el aire. El silencio de la clínica era absoluto hasta que el suave chirrido de la puerta me obligó a girar la cabeza.
Era el abuelo de Nicolás. Se veía imponente incluso con su avanzada edad, caminando con la parsimonia de quien ha visto imperios caer. Al verme intentar incorporarme con torpeza extendió una mano para detenerme.
— Quédate tranquila, niña. No hagas esfue