75.

Lloré hasta que el pecho me dolió más que el hombro, hasta que mis sollozos se convirtieron en hipos secos y la adrenalina del rescate fue reemplazada por una fatiga que me calaba hasta los huesos. Nicolás permaneció allí, firme como una roca, permitiendo que mis lágrimas empaparan su camisa manchada, sosteniéndome sin pedir nada a cambio.

Cuando finalmente logré recuperar un poco de aire él se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos. Su expresión era de una culpa devastadora.

— Perdóname,
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