74.
Mis dedos se movieron con una torpeza frenética, ignorando las súplicas de Nicolás, necesitaba saber qué había quedado de mí tras el infierno del puerto. Me zafé de su agarre y, temblando, alcancé el espejo de pared del baño anexo a la habitación.
El reflejo me devolvió una imagen espectral. Con un movimiento brusco, clavé las uñas en el borde de la gasa que cubría mi mejilla y la arranqué de un tirón seco.
Cerré los ojos un segundo, esperando sentir el vacío de una herida nueva, pero al abrirl