Desperté con un sobresalto, el corazón latiéndome en los oídos como un tambor descontrolado.
La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por una luz tenue sobre la cabecera de la cama, y el aire olía a antiséptico y a algo metálico que me revolvió el estómago.
Parpadeé, desorientada, intentando recordar cómo había llegado allí. El dolor en el vientre era un eco sordo, como si mi cuerpo aún recordara el espasmo que me había doblado en dos.
Gemí bajito, mi mano yendo instintivamente a mi ab