El todoterreno traquetea por el camino de grava hacia la casa de campo, el sol de mediodía quemándome a través del parabrisas. Llevo una bolsa de provisiones en el asiento trasero —pan fresco, queso, una botella de vino tinto que pensé que le gustaría a Camila—, pero mi mente está en ella, no en la compra. Su rostro esta mañana, durante el desayuno, sus ojos verdes buscando respuestas que no terminé de darle. Le conté lo de mi infertilidad, lo del tiempo que se me acaba, pero no todo.
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