Estoy sentada en una silla de plástico junto al pasillo de la UCI, con el pitido de las máquinas recordándome que mi madre está al borde. Mi padre, hundido en la silla a mi lado, no ha hablado desde que el doctor nos dijo lo del trasplante. Cientos de miles de euros. Una suma que no tenemos, que nunca tendremos. Pero no me rendiré. No puedo. Me levanto, ajustándome el bolso, y miro a mi padre, sus ojos rojos y vacíos.
—Voy al banco, papá —digo, mi voz más firme de lo que siento—. Conseguiré el