El avión aterrizó en Londres con un sacudón que hizo que Ariadna se aferrara al reposabrazos, su mano temblando sobre el vientre abultado. El trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel fue un borrón de calles húmedas y luces difusas, el taxi traqueteando mientras ella miraba por la ventana sin ver nada realmente. Estaba agotada, con los ojos hinchados de tanto llorar, pero una determinación feroz la mantenía en pie.
Necesitaba respuestas, y el hotel donde todo había comenzado era su última esp