Maximiliano estaba sentado en el salón de la mansión, con el teléfono en la mano y los ojos fijos en la pantalla apagada. El reloj de pared marcaba las diez de la noche, y el silencio de la casa era tan pesado que le zumbaba en los oídos. Habían pasado horas desde que llegó a casa, desde que habló con Leonardo y se aferró a la esperanza de que Ariadna estaría en el próximo vuelo a Valtris.
Pero no había señales de ella. Ninguna llamada, ningún mensaje, ninguna maleta rodando por el pasillo. Sol