Maximiliano estaba sentado en el avión, mirando por la ventana mientras el motor rugía a su alrededor.
El asiento a su lado estaba vacío, y esa ausencia lo golpeaba como un puñetazo en el pecho. Ariadna debería estar ahí, con su maleta en el compartimento superior, su mano descansando en la suya, su respiración tranquila mientras dormía contra el respaldo. Pero no estaba. La había dejado atrás, en esa habitación llena de maletas a medio cerrar y palabras no dichas, y ahora, a miles de metros de