Maximiliano caminó por el pasillo con el ceño fruncido.
Leticia le había dicho que la cena estaba lista hace rato, pero Ariadna no bajaba. Lo primero que pensó fue que quizás estaba dormida o que simplemente no tenía hambre, pero conforme se acercó a la puerta de su habitación, lo escuchó.
Llantos.
Ariadna estaba llorando.
Se quedó inmóvil un momento, preguntándose si debía dejarla sola o intervenir. No era su problema… ¿o sí?
Tocó la puerta con firmeza.
—Ariadna.
No obtuvo respuesta.
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