Ariadna apenas sentía sus piernas mientras subía las escaleras del edificio donde vivía su madre. Su bolso le pesaba más de lo normal y su respiración estaba entrecortada. El trayecto hasta allí se le había hecho eterno, su mente en una espiral de pensamientos sin sentido.
Trillizos.
Había pasado el camino entero murmurando esa palabra en su cabeza, repitiéndola como si, al hacerlo, pudiera encontrarle algún tipo de lógica. Pero no la tenía.
Era un absurdo.
Era un castigo.
Era una confirma