La noche había sido perfecta, y la mañana me encontró con una sonrisa tonta pegada a los labios, dando vueltas en la cama sin ganas de enfrentar el día. El anillo de compromiso centelleaba en mi dedo, un recordatorio constante de la felicidad que ahora era mía.
—Señorita, no se haga de rogar. Levántese —insitaba Elena, mientras yo me enterraba entre las almohadas.
La puerta se abrió con un suave crujido.
—Carta para usted, señorita.
El corazón me dio un vuelco. ¿Erick? No, no podía ser. Ya habí