El decreto del rey

El aire de la noche era fresco y llevaba el aroma lejano de los jardines dormidos. Envuelta en mi camisón más ligero, apoyada en la barandilla del balcón, miraba las estrellas sin verlas. Mi mente era un torbellino de recuerdos del día: la carta, la cabaña, sus manos en mi cintura, la promesa ardiente en sus ojos. Un calor persistente me recorría cada vez que pensaba en él, en la tentación de desabrocharle aquella camisa y explorar el territorio de músculo y piel que intuía debajo. Suspiré, fru
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