En una sala común del búnker, cálida y decorada con mantas tejidas y dibujos infantiles pegados a las paredes, Sophie estaba sentada en un sofá gris, envuelta en una manta de lana. Su rostro seguía pálido, con las huellas visibles del agotamiento físico y emocional, pero en sus ojos brillaba una chispa de alivio. Cuando la puerta se abrió y Logan entró, su sonrisa brotó antes de que pudiera contenerla.
Los trillizos —Liam, Noah y Alex— lo vieron primero.
—¡¡¡Papiiii!!! —gritó Liam, corriendo co