El estudio de televisión era un torbellino de luces cegadoras, cámaras inquietas y murmullos apagados que zumbaban como insectos voraces, acechando el mínimo temblor en el rostro de Sophie Taylor. La entrevista se transmitía en vivo a millones de espectadores, una arena silenciosa donde cada palabra podía salvarla o condenarla. Frente a ella, Carla Vega, la periodista de voz serena y reputación implacable, afinaba su tono con la precisión de un bisturí.
Sophie vestía un elegante vestido negro,