El altavoz de la patrulla volvió a crepitar, rompiendo el silencio espeso como si desgarrara la piel misma del momento.
—Juliana, suelta el arma y deja salir a los niños. No tienes a dónde ir —la voz del negociador era firme, aunque cargada con esa paciencia tensa que nace cuando el tiempo y la vida de inocentes se están agotando.
Dentro del coche, el aire era sofocante, espeso como un puño invisible. Juliana no respondió. Su dedo jugueteaba cerca del gatillo, apenas rozándolo, como quien acari