En el hospital de Potsdam, la penumbra del cuarto apenas era quebrada por el zumbido constante de los monitores. Las cortinas cerradas filtraban la luz matinal en tonos grises, como si incluso el sol dudara en entrar.
Logan parpadeó, sus párpados pesados como plomo. La máscara de oxígeno le dificultaba hablar, pero aun así sus labios se movieron con esfuerzo.
—Sophie… —susurró, su voz apenas un eco de lo que había sido—. ¿Liam… está bien?
Sophie, sentada junto a la cama, se inclinó de inmediato