En el piso franco de Potsdam, el médico trabajaba con manos firmes pero aceleradas, su frente perlada de sudor a pesar del aire fresco que se colaba por una ventana entreabierta. El quirófano improvisado olía a desinfectante, sangre y metal. Las luces halógenas parpadeaban tenuemente, como si también dudaran de que Logan sobreviviera.
Sophie, sentada junto a la camilla, no apartaba la vista del rostro pálido de Logan. Sus dedos temblaban mientras le sostenía la mano, aferrándose como si con eso