En Berlín, Gael Raines esperaba en un almacén abandonado en Kreuzberg. Su figura nerviosa se recortaba contra la tenue luz de una farola que titilaba sobre la entrada. Llevaba días sin dormir, el rostro pálido y demacrado, las manos enterradas en los bolsillos de su abrigo, como si buscara esconder el temblor. Había cortado todo contacto con La Cúpula tras una violenta discusión con Helena. Ella lo había acusado de ser débil. Y tal vez lo era… pero no lo suficiente como para permitir que los tr