El sol se hundía en el horizonte como una herida abierta, tiñendo el cielo de un rojo agónico que parecía presagiar algo terrible. Sophie estaba en el salón principal de la mansión, estaba tomando el té intentaba distraerse del caos que Lucas había provocado y de la entrevista que circulaba por toda la internet, pero su consuelo era Logan, que la amaba y se lo había demostrado de todas las formas posibles.
La demanda que Logan había iniciado contra él avanzaba, sí… pero el daño a su reputación todavía ardía en su pecho como una herida recién abierta.
Los trillizos deberían haber llegado hacía media hora, y aunque al principio no le preocupó —el tráfico en la ciudad era un animal impredecible—, el presentimiento creció como una sombra que le apretaba la garganta.
El teléfono sonó. El nombre de la niñera parpadeó en la pantalla.
Un escalofrío le recorrió la columna, tan rápido y helado que la dejó sin aire. Instinto de madre. Esa certeza visceral de que algo estaba muy, muy mal.
—Señora