Capítulo treinta. Entre cenizas y besos
La villa estaba en silencio. Afuera, los guardias aún patrullaban, pero en el interior solo quedaba el eco apagado de lo ocurrido. El olor a humo impregnaba el aire, y aunque los incendios se habían extinguido, la sensación de amenaza seguía flotando como un fantasma.
Ariadna estaba sentada en el sofá del despacho, envuelta en una manta. Tenía los ojos enrojecidos y el cabello despeinado, pero Andreas la veía como la mujer más hermosa que había pisado la