Capítulo setenta y dos. La casa del silencio
El amanecer llegó sin su voz.
Ariadna despertó por inercia, como si su cuerpo supiera que debía hacerlo… pero algo en el aire era distinto.
Demasiado quieto.
Demasiado frío.
El espacio junto a ella en la cama estaba vacío, el lado de Andreas aún tibio, pero sin su respiración.
El corazón le dio un vuelco.
Se sentó de golpe, miró alrededor.
Nada.
Ni su reloj, ni su anillo, ni el sonido de sus pasos en el pasillo.
Solo el murmullo lejano del mar.
—Andr