Capítulo setenta y seis. Bajo el cielo de Santorini.
El sol caía lento sobre los acantilados blancos de Santorini, tiñendo el mar Egeo de un azul tan profundo que parecía no tener fin.
El viento olía a sal, a jazmín y a nuevos comienzos.
Ariadna caminaba descalza por la terraza de la villa donde habían decidido pasar unos días después de la tormenta. El bebé dormía en el interior, protegido del viento, mientras ella observaba el horizonte con esa serenidad que Andreas adoraba en silencio.
Él la