Capítulo setenta y cuatro. No dejes que la venganza te consuma.
El sol se filtra suavemente por las cortinas del dormitorio, tiñendo las sábanas de un dorado tenue. Ariadna abre los ojos despacio, percibiendo primero el sonido rítmico del mar al chocar contra las rocas y luego la respiración profunda de Andreas a su lado.
Durante unos segundos, se queda observándolo en silencio. Su rostro parece más relajado cuando duerme, sin el peso de los pensamientos que lo atormentan cada día. Su mano desc