Capítulo treinta y uno. Hermanos frente a frente.
El amanecer tiñó Atenas de tonos dorados y rojos. En la villa, el humo de la noche anterior aún impregnaba el aire, como si el fuego quisiera dejar una cicatriz imborrable en cada rincón.
Andreas no había dormido. Mientras Ariadna descansaba, él planeaba el siguiente movimiento. Ya no bastaba con defenderse. Había llegado la hora de atacar.
—Prepárame el coche —ordenó a su jefe de seguridad al amanecer—. Voy a verlo.
El hombre lo miró con preocu