El teléfono sonó a las ocho de la mañana.
Era Álvaro, llamando desde el pasillo del hospital, con la voz de quien intenta mantener la calma exactamente en el tono correcto: lo suficientemente tranquilo para que no parezca grave, lo suficientemente serio para que quede claro que es importante.
—Don Raúl ingresó anoche —dijo—. No es urgente. Pero el médico quiere tenerlo en observación unos días.
—¿Qué pasó?
—El corazón avisa. No grita todavía, pero avisa.
Laura se sentó en el borde de la cama, p