Hacía cuatro meses que los martes eran del banco.
No de manera oficial, no por ninguna decisión tomada con esa intención específica. Había ocurrido despacio, sin anuncio, de la misma manera en que se instalan los hábitos que duran: el primero había sido forzado por la necesidad de salir a caminar sin destino, el segundo había llegado por repetición de algo que había resultado tolerable, y en algún punto entre el tercero y el décimo el banco del Retiro había dejado de ser un lugar al que Laura i