Llegué al Retiro a las dos y cuarenta y cinco.Veinte minutos antes. No podía esperar más. Llevaba cuatro años esperando.Me senté en un banco frente al estanque grande, cerca de la Puerta de Alcalá, con gafas de sol y el pelo suelto. No me parecía a la mujer que tres horas antes había entrado a una sala de juntas a comprar el imperio de su ex marido. Me había cambiado en el hotel: vaqueros, blusa blanca, zapatillas. Ropa de madre. Ropa que no usaba desde hacía cuatro años.Bruno me había mandado siete mensajes. No abrí ninguno.El dibujo de Santi me quemaba dentro del bolso. Lo había doblado con cuidado y metido en una funda plástica, como si fuera un documento legal. En cierto modo lo era. Era la prueba de que mi hijo me recordaba sin haberme conocido.Las dos y cincuenta.Familias por todas partes. Niños corriendo. Madres gritando nombres. Padres empujando cochecitos. El ruido normal de una tarde de miércoles en Madrid. Me agarré al borde del banco con ambas manos.Las dos y cincue
Leer más