El cuaderno era azul oscuro, igual al del segundo libro.
Laura lo había comprado sin pensarlo demasiado, en la misma papelería de la calle Fuencarral donde compraba todos sus cuadernos desde hacía años, eligiéndolo por el mismo criterio práctico de siempre: tapa dura, tamaño de bolsillo ampliado, papel suficientemente grueso para que el bolígrafo no traspasara.
Lo había empezado en octubre, después de que el editor le preguntara si tenía pensado escribir algo nuevo y ella le hubiera dicho que s