Lisa
El silencio se volvió insoportable después de que Cristian se marchó.
Intenté distraerme, pero cada rincón de esa habitación me recordaba que seguía encerrada, prisionera en un lugar que, aunque ahora me protegía, también me asfixiaba.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se fue. Tal vez una hora, tal vez tres. La luz del día entraba oblicua por la ventana, tiñendo el suelo de un tono dorado pálido. Afuera se escuchaban pasos, voces lejanas, y a veces el sonido de alguien dejando