Lisa
El aire vuelve a mis pulmones de golpe, pero no trae alivio. Arde. Quema. Como si respirar después de él fuera un castigo.
Cristian cierra la puerta con un golpe seco. No la tranca. No hace falta. Nadie vuelve a interrumpir.
El silencio que queda no es vacío. Está cargado. Tenso. Vivo.
—No te acerques —repito, aunque mi voz ya no suena igual.
Él no se mueve de inmediato. Se queda de pie, a pocos pasos, observándome como si midiera cada latido mío. Ya no hay furia desbordada. Tamp