El auto avanzaba lentamente por las calles del barrio. A través del vidrio, Lautaro veía pasar los árboles, las veredas conocidas, las casas que habían sido parte de su infancia. Cada detalle le traía un recuerdo: el almacén donde compraba caramelos, la esquina donde jugaba con Tiago, la vieja cancha de tierra que aún seguía ahí, aunque un poco más descuidada.
Después de todo lo vivido, volver era casi irreal. No más hospitales, no más miedo, no más oscuridad. Solo el sonido de su respiración y