La habitación del hospital estaba bañada por una luz suave, filtrada por las cortinas color marfil. El pitido constante del monitor cardíaco marcaba el ritmo del silencio. Fuera, se escuchaba el murmullo distante del pasillo: pasos de enfermeros, el sonido metálico de una camilla, una puerta cerrándose.
Lautaro abrió los ojos lentamente. Todo le resultó borroso al principio: las luces, las sombras, los rostros. Su respiración era pesada, y una punzada de dolor en el hombro le recordó que seguía