La Rusa estaba sentada en un sillón de cuero rojo, con una copa de vino tinto en la mano. Sus ojos claros, fríos como el acero, no parpadeaban mientras miraban la enorme pantalla frente a ella. El televisor transmitía en directo desde Lima, Perú, el inicio del partido del torneo internacional de colegios.
—Hoy va a ser un mal día para vos, Lautarito… —murmuró, con una sonrisa torcida que no llegaba a sus ojos.
Le encantaba el poder que sentía al saber que el chico argentino estaba con la cabeza