El sol de la tarde caía con pereza sobre los patios de la escuela mientras los alumnos salían de sus aulas entre risas, mochilas colgadas y conversaciones cruzadas. Para Lautaro, sin embargo, no era una tarde más. Faltaban tres días para la final del torneo, y la presión no solo se sentía en las piernas, sino también en el corazón.
Desde que había brillado en la semifinal, su figura había ganado notoriedad. Las chicas lo saludaban con una mezcla de admiración y nerviosismo, y algunas incluso se