Erica no volvió a su casa esa noche. Tampoco la siguiente. Gabriela, sin dudarlo, la acogió como si fuera una sobrina más. Le preparó una habitación, le dio ropa limpia, le cocinó algo caliente y la dejó descansar. No hizo preguntas innecesarias. Solo le ofreció abrigo y silencio, sabiendo que el dolor de una chica rota no se cura con palabras apresuradas.
Lautaro la observaba desde la puerta, en silencio. Era la primera vez que veía a Erica tan frágil, tan vulnerable. Se había quedado dormida